Y van casi cien veces ya pero siempre parece la primera. Porque cada vez que el buque escuela da en el muelle esas 21 salvas de salida y sus guardiamarinas forman en los palos la imagen se queda para siempre. Sobre todo en la retina de quienes despiden a los alumnos, a sus seres queridos, los que como tripulación formarán parte junto a sus maestros de esta nueva singladura, la número 98, con la que el Juan Sebastián de Elcano volverá a recorrer medio mundo durante seis meses de aventura para, una vez completada la instrucción, volver de nuevo a casa.
Y esa casa, Cádiz, le despedía este domingo como es de costumbre. Vestida de emoción y orgullo marinero. Con frío pero con una tregua de lluvia y un radiante y esperado sol que permitía disfrutar al cien por cien de ese simbólico momento de partida. Desde el aire, LA VOZ vivía los primeros momentos de esta travesía, surcando el cielo de la Bahía, gracias a la gentileza de la Armada que así nos lo permitía.
Tras despegar en Rota, hacer el briefing y escuchar atentamente todas las instrucciones de seguridad, el helicóptero se iba aproximando al muelle gaditano volando por encima de una Bahía hoy ya más calmada, inconmensurable, navegable, de ese azul verdoso intenso. En ella, decenas de barcos esperaban la señal para recoger al gran buque blanco a partir del dique y seguir su estela.
Elcano zarpa desde Cádiz
francis jiménez
Despedida al buque de Cádiz: desde tierra, desde el mar y desde el cielo
Pero primero, en tierra, como es tradición, los guardiamarinas ascendían por las escalas del trinquete firmes, sin duda, conscientes de que llegaba el gran momento. Y desde la altura se les divisaba como lo que son o deben de ser, diferentes elementos formando un todo.
En el muelle, las familias iban despidiendo entre lágrimas de orgullo a los suyos. Pañuelos y banderas se perfilaban al aire. Hasta que llegaba el desamarre y los cuatro mástiles de la arboladura tan característica de este bergantín-goleta dirigía su mástil hacia la Punta de San Felipe abriéndose de nuevo tras su descanso y últimos retoques, otra vez, al mar.
Desde los espigones también se le despedía. Y en el agua, y desde el aire, se veía en sus puestos al buque de la Armada que lo escoltaba, como también la ‘Río Iro’ del Servicio Marítimo de la Guardia Civil o las lanchas de Salvamento, y, por supuesto, como es tradición, decenas de barcos y gaditanos surcando seguros a su estribor y a su babor para darles ese adiós que siempre, siempre, es un hasta luego. ¡Buenos vientos!.